Nunca digas nunca admiraré a Justin Bieber
Escrito por Sandra el sábado, 16 de abril de 2011 |
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Si Madonna metió al público en su cama, Michael Jackson enseñó sus pasos póstumos y los Rolling Stones se dejaron embellecer por Martin Scorsese, Justin Bieber reta al espectador a descubrir la figura artísticamente respetable que se esconde tras su flequillo en "Never Say Never".
Este documental, dirigido por Jon Chu y de estreno en España este fin de semana, no es sino la celebración por todo lo alto de una industria, la del espectáculo, para demostrar que, por mucho YouTube, por mucha descarga ilegal y por muchos nuevos modelos de negocio, gracias a Justin Bieber hay estrellas a la vieja usanza.
¿Un nuevo Michael Jackson? ¿Un nuevo Mickey Rooney? ¿O un nuevo Webster? De momento, una actualización del sueño americano y, por muy documental que sea, una clara voluntad de propaganda conservadora que acaba convenciendo al espectador de que la emoción, el esfuerzo y el talento siguen en boga.
Será el 3D, será la naturalidad para actuar de los adolescentes -porque luego en persona ha demostrado estar lejos del niño bueno- o será que es innegable que Justin Bieber tiene mucho más talento que otros héroes juveniles prefabricados por Disney, pero "Never Say Never" es más interesante de lo que a priori pudiera parecer.
Testigo del nacimiento de una estrella por la vía democrática del universo internauta, retrato de soslayo del hermetismo de una industria que a punto estuvo de dejar escapar a la gallina de los huevos de oro y ojo impagable para estudiar el fenómeno fan llevado hasta el paroxismo, este filme esconde bajo sus pliegues algo más que un seguimiento de la coletilla "entre bambalinas".
Probablemente, todo emerge de manera involuntaria, pero emerge al fin y al cabo. Y aunque no hay ni crítica ni ironía en todo el circo que rodea a Justin Bieber, "Never Say Never" funciona por esa misma honestidad como un fragmento sociológicamente interesante de las contradicciones de este tiempo de "reseteo" de los hábitos y los gustos.
Entre medias, el joven artista no tiene pudor en mostrar su cuerpo todavía adolescente, su lógica inmadurez y su desgaste prematuro como cantante tras 90 conciertos con solo 17 años. También su familia, canadiense humilde de creencias religiosas, se deja retratar con naturalidad.
Pero ni rastro de divismo, de capricho o de renuncia en su objetivo final: llenar el Madison Square Garden de Nueva York.
"Es la persona que más trabaja en esta gira a excepción de Justin", dice uno de sus colaboradores. Y el espíritu currante de las grandes estrellas de la canción -el talento nunca basta- hace prever Justin Bieber puede superar sin trabas el paso a la edad adulta.
Y es que "Never Say Never", al margen del espectacular montaje "videoclipero" de sus números musicales, no intenta innovar en lo formal más allá del documental clásico, pero consigue en el espectador una extraña sensación de comunión o sumersión en el mundo "belieber". El título lo había avisado: nunca digas nunca... incluso cuando digas "nunca sucumbiré a Justin Bieber". EFE
Fuente: ABC.es
Etiquetas: Opiniones
El País: Flequillazos de gloria
Escrito por Sandra el sábado, 26 de marzo de 2011 |
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A la estrella le divirtió que le asesinaran en un capítulo de CSI, pero no el retrato que de él se hizo en Glee. Justin, al otro lado del aparato.
JUSTIN BIEBER NO EXISTE
Bieber juega a que él no es Bieber. Su yo poético, el que usa en esta segunda entrevista -esta vez telefónica, con motivo del estreno de la película-, es un adolescente prácticamente ficticio que es ajeno a la industria, no le quita el sueño que le cambie esa voz, ni le ha cambiado mucho la vida desde que, en julio de 2009, sacara su primer sencillo para convertirse en el ídolo de masas más rentable de nuestros tiempos. Uno que si se corta el flequillo, no lo hace como estrategia de marketing.
-Quería un cambio de look y me lancé.
-Así que sacas un nuevo disco, pero no un nuevo Bieber.
-Bueno, el disco es más maduro. No llega a ser adulto, pero es más maduro.
-¿Como tú?
-Más o menos. Trata de cosas con las que estoy lidiando ahora que antes desconocía.
-¿Fama internacional y millones de fans?
-Eh, no. Cosas de adultos: relaciones.
TODO POR LAS FANS
-Llevas dos años cantando Baby. No es moco de pavo.
-Ya. La canto todas las noches. Es mi canción.
-Dos años son el 13% de tu vida.
-Ya. Pero a mis fans les encanta. Así que a mí también.
Bieber divide el mundo en tres ejes: él mismo, su música y sus fans. Los dos primeros ejes están justificados por el último. Sus queridas fans. La cosa rozó el extremo el pasado 10 de marzo en Liverpool. En pleno stendhalazo, las miles de seguidoras que rodeaban el hotel casi acaban en la cárcel porque, tras verlo, rozaron la definición policial de un disturbio. En respuesta, Bieber tuiteó: "Me voy a dormir, no me gritéis mucho". Porque le encantan sus fans. Y le encanta encantarles.
EL REY DE LAS REDES SOCIALES
-¿Cuántos "me gusta" recibe lo que publicas en tu perfil personal de Facebook?
-Miles. Pero no tengo perfil personal. Solo tengo uno público.
Bieber es un tío de lo más abierto. Ajeno al esoterismo de estrellas adultas como Lady Gaga, cada tautología nacida en su cerebro de 16 años acaba en su boca. De ahí que sus declaraciones en febrero contra el aborto y sobre violaciones causaran tanto escándalo. Pero, descontextualizaciones aparte, su candor le hace carne de Internet: con 23 millones de amigos en Facebook y 8 millones de seguidores en Twitter, se le suele llamar el rey de las redes sociales. Conocerlo por ellas es conocerle a él.
LA PEQUEÑA PANTALLA
-Eso de morir en TV tiene que ser fuerte.
-Pues es divertidísimo. Y lo mejor es que estuve en la tele sin tener que ser yo.
Como lo suyo son las masas, a Bieber le quieren en la tele. CSI le dio un papel y se llevó 14 millones de espectadores. Pero alguien que despierta pasiones de todo tipo es difícil de retener en un medio generalista: CSI lo compensó matando a Bieber a balazos en otro capítulo. Glee intentó abarcar la crítica despiadada y el amor entregado, y se quedó en menos: 10,4 millones. Un bajón. "No me gustó. No sé qué estaban reflejando, pero eso no era yo. Pero, bueno, siempre está bien que te dediquen un capítulo en Glee".
Fuente: El País.com
Etiquetas: Opiniones, Periódicos
'Pobre niño rico' artículo en El País Semanal.
Escrito por Sandra el domingo, 26 de diciembre de 2010 |
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Por Rosa Montero-El País Semanal.Justin Bieber es ese cantante canadiense de 16 años y flequillo imposible esculpido en laca sobre la frente. Ese chaval que, en su reciente visita a Madrid, provocó infinidad de desmayos, lágrimas histéricas y frenesíes apasionados de sus seguidoras, todas tan pequeñitas de edad como él. Vi en televisión la monumental marea de fanáticas que le rodeaba y no pude evitar compadecerme de la salud mental de ese muchacho. Creo que es imposible vivir algo así a los dieciséis años y salir indemne: parecía un conejo indefenso colocado en el paso de la devoradora marabunta. Me temo que no van a quedar de él ni unos mondos huesitos.
El exceso de fama y la glorificación exacerbada es algo que destruye la cabeza del más templado. Es un efecto pernicioso que la Humanidad conoce bien desde hace milenios; ya se sabe que cuando, en la Roma antigua, se le concedía un desfile de triunfo a algún general, colocaban a un esclavo en el carro en el que el personaje hacía el recorrido, para que le susurrara a la oreja Recuerda que eres mortal durante todo el tiempo que duraba el grandioso homenaje. Para contrarrestar el endiosamiento. Ni que decir tiene que el mensaje no servía de gran cosa, a juzgar por la soberbia desplegada por la mayoría de los ilustres romanos del pasado.
La soberbia, esa es la clave de la perdición. La vanidad, que es un vicio generalizado e insidioso (¿quién no ha tenido algún momento estúpidamente vanidoso?), hace que estés más predispuesto a admitir las cosas buenas que dicen sobre ti que las malas. Más aún, incluso si intentas corregirte, o si una inseguridad patológica te impide creer a pies juntillas en los elogios, de lo que no te escapas es de ir sintiendo una creciente simpatía e incluso admiración por aquellos que te dicen lindezas, y un progresivo y desdeñoso rechazo por quienes te critican. Y, así, resulta asombroso comprobar cómo alguien al que siempre habías juzgado un completo imbécil, de pronto, cuando te halaga, empieza a parecerte menos tonto, y viceversa. De ahí esa tremenda tendencia de los poderosos a terminar rodeados de idiotas complacientes. Y si este proceso alcanza dimensiones fatales, si el poderoso acaba viviendo totalmente enajenado del entorno y escuchando tan sólo a los aduladores, el resultado puede ser trágico.
Eso me pareció advertir, por ejemplo, en Yasir Arafat, a quien hice una entrevista hace veinte años. Por entonces el líder palestino todavía estaba en el exilio; el encuentro fue en Túnez, y acudí a la cita con la mejor de las disposiciones, porque, desde lejos, lo admiraba. Sin embargo, me pareció un hombre espeluznante: intolerante, dogmático, feroz. Creí intuir en él a un tirano, y se diría que su polémico comportamiento al regresar a los Territorios Ocupados me dio posteriormente cierta razón. Pero es que, por razones de seguridad, Arafat llevaba 25 años durmiendo cada noche en una casa distinta, rodeado tan sólo de una férrea cohorte de guardaespaldas fanáticos y de unos servidores tan aterrorizados que jamás se hubieran atrevido a contradecirle (la secretaria que nos hacía de enlace lloraba literalmente de miedo). Y nadie puede vivir media vida encerrado en esa burbuja de mitificación incontestada sin convertirse en un monstruo.
Cuando de lo que se trata es de la divinización de un cantante pop, claro, las consecuencias son mucho más livianas, porque la única víctima es el divinizado. Sin duda las niñas histéricas crecerán sin secuelas negativas por encima de su fanatismo adolescente, pero a la estrella juvenil le vaticino un futuro muy negro. Salvo que tenga el coraje, la hondura personal y la inteligencia de hacer lo que hizo el beatle Paul McCartney, por ejemplo. Con 28 años, tras la disolución del grupo, en lo más alto de su aplastante mito, milllonarísimo hasta lo incalculable, Paul, junto con su por entonces nueva mujer, Linda, se fue a vivir a una modesta granja en Escocia. Era una casita que tan sólo tenía dos dormitorios; él y Linda ocupaban uno, mientras que los cuatro hijos de la pareja compartían el otro. Y en ese apretado hogar residieron durante diez años, mientras McCartney aterrizaba de nuevo en la realidad. La sencillez de lo cotidiano y lo tangible como vía de recuperación de uno mismo. Suerte, Justin, pobre niño rico.
Fuente: ElPais.com
Etiquetas: Opiniones, Periódicos








